El niño de ladrillo

El niño de ladrillo

Explicación:

El presente radioclip está realizado para ser trabajado en aulas con profesores, estudiantes y si fuera posible con padres de familia.  El objetivo es reflexionar, sensibilizar, prevenir y en lo posible detener la inmensa afluencia de niños que trabajan en ladrilleras.  Sin duda el tema es de mucho debate y, por eso mismo, lo proponemos como herramienta de encuentro y de acercamiento a un evidente y muy latente problema que con lleva traumas psicológicos, físicos y sociales.

Links recomendados:

http://www.lostiempos.com/diario/actualidad/internacional/20110613/mas-de-9-millones-de-ninos-realizan-trabajos_129662_262020.html

http://www.fmbolivia.tv/hay-ninos-que-aun-trabajan-en-ladrilleras-de-achocalla/

http://www.la-razon.com/suplementos/escape/Infancia-trabajo-infantil-ladrilleras-huachipa_0_1956404441.html

http://www.vanguardia.com/santander/barrancabermeja/212189-investigan-ladrilleras-donde-trabajan-ninos

 

 

Narrador: Buenos días, niños y niñas. ¿Ustedes saben quién soy yo? Yo soy el sonido.

Déjenme decirles que me emociona estar cerca de tantos estudiantes. Todos tan distintos como los colores de un magnifico paisaje. Y aunque no me crean yo los conozco. Juntos hemos compartimos una infinidad experiencias. Por ejemplo, aquí cerca de mi está una de las niñas más inteligentes y a lado de ella se encuentra el niño más travieso del curso. Pero no lejos de ellos está una de las niñas más lindas. También está el niño más grande y fuerte, la niña más alegre, el niño más tímido pero el más atento. Y un poquito más allá está la niña más valiente. ¿Verdad?

A mis oídos ha llegado una historia que quiero contarles, que de tanto sonar ahora he decidido convertirme en voz y hablar. Pero antes… yo sé que algunos de ustedes trabajan y también sé que trabajan para ayudar a sus familias. Ahora déjenme preguntarles algo: ¿Ustedes dejarían de estudiar por tener que trabajar? ¿Tú dejarías de estudiar por tener que trabajar? ¿No, verdad? Y el que dijo que sí, yo le digo: ¡No! ¡No lo hagas nunca! No te vaya a pasar como le pasó al niño de ladrillo. Sí. ¿Escucharon bien: El niño de ladrillo? Esta es su historia. Pónganse cómodos porque ustedes serán de los primeros en escuchar de su inolvidable hazaña.

Al héroe de nuestra historia: Un niño normal, un poco travieso pero muy responsable. Le gustaba mucho ir a la escuela. Hacia la tarea siempre. Estaba encantado con la clase de historia. Decía que quería ser un gran aventurero. No era el primero en salir a la pizarra, pero cuando lo hacía sabía resolver a cuanto ejercicio tuviera que enfrentarse. Él y sus amigos hacían competencia de quién sacaba el promedio más alto o quién hacía antes la tarea o quién exponía de mejor manera delante del curso. No era para menos: Él y sus amigos eran los mejores.

El niño se sentía emocionado cuando tenía que dibujar mapas, descifrar multiplicaciones, descubrir los secretos guardados de los libros, inundar a la profesora Carmen con preguntas, comer galletas con gelatina, jugar al futbol, y hacer carreritas con Coco, el perro guardián de la escuela… Nada era más importante que asistir a clases.  Cuentan entre las niñas que de juguetón le había robado un beso a la niña Blanquita, antes de que lo vieran corriendo y brincoteando hasta su casa.

Un día el dinero empezó a faltar en la familia y el padre le dijo al niño que tenía que ayudarlo en el trabajo. El niño aceptó, pero se dijo a sí mismo que nunca faltaría a clases. Era tan feliz en su escuela que haría la tarea antes o después de salir del trabajo, pero no dejaría de hacerla.

¿Conocen las ladrilleras niños? Cuando el niño llegó a ese lugar, sintió un olor extraño, luego vio el humo blanco de las chimeneas y escuchó un sonido terrible. Los hornos encendidos y dentro de ellos los ladrillos chillando… “Así debe  ser el  infierno”, se dijo y pensó en la clase de religión.  Aquel lugar estaba lleno de basura que nunca nadie la recogía. Las moscas volaban alrededor de charcos podridos de animales muertos y los hombres mascaban hojas de coca para resistir la jornada. Era un trabajo duro, incluso para ellos. De tantas aventuras, ésta parecía ser la más increíble de todas.

Su padre le dijo: “¡A trabajar!”, y empezó a juntar los  ladrillos, de a 2, de a 3, de a 5, y “5 por 5, 25”, se decía. El sol había empezado a quemarle la piel y el humo blanco empezó a merodear el lugar, pero continuó juntando los ladrillos de a 4, de a 6, de a 7 y “7 por 7, 49”.

Le dio hambre; los ojos le empezaron a arder. Era el humo. “¡Este humo traicionero no me vencerá!”, se decía, y el olor a podrido se mezclaba en el aire: La cabeza le empezó a doler, se empezó a sentir mareado, le dolía el estómago, miraba sus manos llenas arcilla y sus pies llenos de barro y el sol, cómplice, secando barro y quemando arcilla.  Se sintió muy cansado, pero continuó, de a 5, de a 6, de a 8, y “8 por 8…”, y tosió. “Apura. Hay que cargar todo esto”, decía el padre. Y los ladrillos chillaban y el estómago chillaba, y volvió a toser. “Yo soy fuerte”, se decía agotado. “Apura. Falta que cargues todos estos”. Y el hambre, y el sol, y el humo y todo, todo se mezclaba. “La tarea”, se dijo asustado… “Apura. Faltan todos éstos”. Entonces se detuvo y pensó en sus amigos. Imaginó que mañana por la mañana todo eso habría terminado. Les contaría de los hornos, del olor, del calor, de la bestia de fuego, de 500 ladrillos apilados en una sola tarde, -“Apura. Faltan éstos”-, del fantasma de la muerte merodeando… “Apura” y del dolor.

La mañana del día siguiente recibió a los niños de la escuela con lluvia. Saltaron los charcos, caminaron de prisa y se tomaron de las manos. “Los niños están llegando”, se dijo don Gabriel, el portero de la escuela. Se miraron las caras y se reconocieron entre guardapolvos y tierra mojada. El timbre sonó y, a los gritos, se hicieron las filas. Los niños entraron al curso y el profesor empezó la clase con el mismo olor a café de los martes, pero en un asiento, en el 5º curso de primaria, alguien faltó. Los niños escucharon atentamente y la clase se avanzó, mientras tanto una noticia de oreja a oreja se murmuró: “No ha venido”. El recreo no sonó a la hora en punto y nadie metió un gol.  Las niñas discutieron sobre el ausente y los profesores se quedaron con ganas de responder preguntas entre gelatinas y  galletitas en la mano.

De regreso los niños hicieron grupos y expusieron brillantemente. No era para menos; eran los mejores. Se revisaron los cuadernos y las manos se levantaron para decir que sí y que no.  Por último, apuntaron la tarea y al terminar una pregunta quedó por preguntar: ¿Dónde se ha ido?

A medio día la escuela no pudo resistir más y sus puertas se abrieron de par en par.  “Chau”, “nos vemos”, “me debes plata”, “me gustas”, “qué calor”, “qué lindo” “hola, papa”, “hola, mama”, “¿tu hermana?”, “¿tu hermano?”, “vamos, hija, vamos”, “vamos, hijo, vamos”, “vámonos”. Ese medio día el niño no salió abrazado de sus amigos, ni despidiéndose del portero don Gabriel, ni mirando de lejos a Blanquita, ni dándole un beso a la profesora Carmen. “Chau, niño, chau, ten cuidado, haz la tarea y hasta mañana”.  El candado de la escuela se cerró y la escuela misma agarró sus sonidos y en silencio se quedó.

Coco aulló a las 12 y 30 en punto. Y el niño de las preguntas nunca más volvió. ¿Qué le pasó? Nadie lo sabe con exactitud. Se dice que le hicieron trabajar tanto que dejó de reír y de jugar. Se le endureció el rostro y de tanto toser perdió la voz. Se dice que el espíritu de este niño se encuentra entre los hornos, contando los ladrillos, interminables. Se dice que lo explotaron trabajando y el niño, como los ladrillos, en ladrillo se volvió, con los  ojos rojizos, la piel llena de cicatrices y el cuerpo deforme.

En aquella escuelita suya todos lo recuerdan. Los profesores no dejan de repetir: “Si el niño hubiera vuelto a estudiar ahora sería un profesional y así podría ayudaría a su familia”. Y con esa idea los niños siguen estudiando. Para ser siempre, los mejores.

Por eso me emociona estar cerca de ustedes, niños y niñas, todos tan distinto como los colores de un magnifico paisaje. Y  todos tan orgullosos de hacerse llamar “Estudiantes”. Un aplauso.

Una mente inquieta en cada uno de ustedes. Una promesa. Un corazón que no se rinde, niños y niñas. ¡Tengan muy buenos días!

 

 

Fue una producción de Infante-Promoción Integral de la Mujer y la Infancia con el apoyo de Terre des Hommes Holanda.

 

 

Escrito e interpretado por Alejandro Marañón, con la voz de Santiago Ignacio Aviles Barrientos.

 

Yo soy Ilusión

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